Ensayo sobre el amor es la felicidad del mundo de D. H. LAWRENCE
¿Qué pasaría si el mayor triunfo del amor verdadero fuera, en realidad, el final del amor?
ENSAYO
Augusto García Céspedes
3/20/202612 min read
¿Qué pasaría si el mayor triunfo del amor verdadero fuera, en realidad, el final del amor? Es una idea bastante incómoda, la verdad; muy incómoda. La cultura entera está obsesionada con buscar esa unión perfecta. Es una especie de fusión total y pacífica con otra persona y, de repente, surge este argumento de que alcanzar ese estado de paz absoluta sin ningún tipo de fricción es, de hecho, un fracaso catastrófico. Es una bofetada a todo lo que nos enseñan desde la infancia sobre las relaciones. Y no es una simple provocación al azar; es el núcleo de una visión del mundo que se niega rotundamente a darnos consuelo.
Hoy estoy diseccionando las ideas de D. H. Lawrence, específicamente a través de una recopilación de sus ensayos titulada El amor es la felicidad del mundo, textos que fueron escritos en el primer tercio del siglo XX, en un momento donde el mundo acababa de ser destrozado por la Primera Guerra Mundial, un detalle no menor.
Lawrence describe un mundo fracturado. Su prosa no busca ser un abrazo cálido, sino sacudirnos; invita a cuestionar si la humanidad ha perdido su instinto primario por andar escondiéndose detrás de ideas rígidas. Vamos a entender esa mente tan particular.
Lawrence no quería escribir manuales de autoayuda, no le interesaba hacer sentir bien a nadie; él quería desentrañar qué significa realmente estar vivo, qué es amar de verdad y cómo el intelecto humano moderno se ha convertido en una trampa, una trampa que nos asfixia justo cuando las civilizaciones parecen desmoronarse. Y empieza por la emoción más universal de todas: el amor, porque rompe por completo el molde.
En sus ensayos El amor y la vida, él postula que la vida es movimiento continuo y el estancamiento es la muerte, pero cuando aplica esto al amor, la conclusión es supercontraintuitiva. Lawrence ve un error fundamental en esta ambición que tenemos de convertir el amor en un estado absoluto, algo infinito y permanente. Si el amor logra atar a dos personas en un nudo inquebrantable donde ya no hay ningún tipo de movimiento, pues deja de ser amor: se convierte en una forma de esclavitud mutua.
Él lo plantea casi desde las leyes de la física. Piensa en el amor como una fuerza de atracción gravitacional extrema entre dos cuerpos, como dos planetas; si esa fuerza triunfa por completo, si no hay resistencia, esos dos cuerpos colisionan, se funden en una sola masa inerte y todo el dinamismo de ese pequeño universo se detiene. Lawrence realmente sugiere que un matrimonio o una relación donde hay paz total, donde dos personas afirman ser una sola alma, es un error. El objetivo de cualquier terapia de pareja o narrativa romántica es llegar precisamente a ese puerto seguro, a un «felices para siempre» sin conflictos. Pero lo que él argumenta es que ese puerto seguro es completamente artificial; es como querer detener la primavera para que no llegue el verano, o tratar de congelar un río para que no fluya hacia el mar.
El dinamismo vital requiere imperativamente del flujo y del reflujo, de la sístole y la diástole; es decir, si el corazón solo se contrae, te mueres, necesita relajarse. La fuerza de atracción necesita su fuerza opuesta para que exista vida. Es literalmente como el mecanismo de la respiración: no puedes inhalar para siempre, sin importar lo maravilloso, puro o vivificante que sea el aire. En algún punto anatómico los pulmones tienen que exhalar, tienen que vaciarse. Entonces la fuerza del amor requiere irremediablemente de la separación para mantener su vitalidad; si solo hay unión constante, terminas asfixiándote.
Y para ilustrar cómo funciona esta mecánica en la vida real, Lawrence introduce una dualidad muy potente entre lo que él categoriza como el amor sagrado y el amor profano. Pues el amor sagrado es el que todos idealizamos: es desinteresado, es pacífico, busca la comunión espiritual total. Él utiliza la imagen de san Francisco y santa Clara; una devoción pura. Es una devoción hermosa, pero advierte que es solo una mitad de la ecuación. Si te quedas solo ahí, te disuelves, pierdes tu forma. El amor profano es entonces la exhalación, esa fuerza que te devuelve a la tierra. El amor profano busca lo propio, es egoísta, genera fricción, conflicto, deseo corporal; y a través de ese fuego que muchas veces se percibe como destructivo, separa a los amantes, los quema, quema todas las ilusiones y revela la realidad más dura e inviolable de cada uno.
Él pone el ejemplo de figuras trágicas como Tristán e Isolda, y lo fascinante aquí es que Lawrence insiste con una vehemencia abrumadora en que el amor pleno entre hombre y mujer debe contener ambas fuerzas operando al mismo tiempo. Es decir, es como sostener dos polos eléctricos: necesitas la dulce comunión que te reconforta, pero también esa feroz fricción que te expulsa y te reduce a tu yo más esencial, a tu yo solitario. Hay una metáfora suya sobre la «rosa del mundo» que ilustra esto muy bien. Él dice que puedes ser parte de esa flor perfecta que es la unión amorosa, pero la única forma de sostener esa belleza sin marchitarte es manteniendo tu individualidad absolutamente intacta. Tienes que ser profundamente tú. Tienes que ser tú mismo separado y distinto para poder unirte de verdad al otro. Si pierdes tu contorno, ya no hay dos personas amándose; solo hay una masa informe. Esto plantea un dilema monumental para la mente moderna porque, si el requisito previo para el amor verdadero es tener una individualidad feroz, pura y separada, entonces ¿por qué la experiencia humana actual se siente tan homogénea, tan artificial? Pareciera que somos terribles siendo individuos.
Y creo que esto nos lleva directamente a cómo nos relacionamos con nuestro propio ser. Para desarmar el problema, Lawrence decide atacar el pilar más sagrado de toda la filosofía occidental: se lanza directo a la yugular del famoso lema griego «conócete a ti mismo», que discute en ensayos como El estudio cabal y Sobre cómo ser hombre.
Hoy en día la psicología, el desarrollo personal, el mindfulness… todo se basa en el autoconocimiento. Se supone que nombrar nuestras emociones y trazar el mapa de nuestra psique es lo que nos sana. ¿Por qué Lawrence dice que esto es una trampa letal? Porque él argumenta que el ser humano moderno ha confundido por completo lo que realmente es el ser. Creemos que nuestro verdadero yo es lo que él denomina el «yo conocido»; es decir, nuestro intelecto, nuestro ego consciente, esa imagen racional y pulida que hemos construido en nuestra cabeza. Pero el intelecto no es el ser vital. El hombre moderno vive atrapado en su lóbulo frontal. Necesitamos etiquetarlo absolutamente todo para tener una falsa sensación de seguridad. Funciona como un mecanismo de defensa; un mecanismo de defensa casi anestésico.
Él utiliza un ejemplo brillante y muy cotidiano para explicar esto: imaginen que están sentados en un vagón de tren y, de repente, entra un extraño; una situación típica. A nivel animal, biológico, la presencia de otro organismo en tu territorio cerrado debería causar una perturbación real en tu sistema nervioso, en tu sangre. Deberías sentir alerta, curiosidad animal o incluso miedo; el instinto de supervivencia. Pero en lugar de procesar esa realidad visceral, tu mente salta a la acción: rápidamente escaneas al extraño y lo categorizas, le calculas la edad aproximada, adivinas su estrato social por la ropa que lleva, su origen, su nivel educativo. Es decir, al ponerle una etiqueta, al conocerlo intelectualmente, logras neutralizar la amenaza, lo desactivas. Ya no es un animal desconocido entrando a tu cueva: es solo un contador de clase media de 40 años que va al trabajo. Lo encasillaste y, por tanto, logras que no te afecte físicamente. Usas el intelecto como un escudo para no sentir la vida cruda. Lo cual revela algo terrible: creemos ser muy abiertos de mente por entender a los demás cuando, en realidad, solo estamos construyendo muros de cristal.
Lawrence sostiene que el cuerpo es una selva densa e inexplorada donde habita nuestro verdadero motor: un yo oscuro, irracional y visceral. Lo compara con una pantera negra que acecha en la noche de nuestro propio ser. Y el gran problema del «conócete a ti mismo» es que tú no puedes conocer a esa pantera a través de una hoja de cálculo mental o con una etiqueta diagnóstica. Solo puedes experimentarla viviéndola. Porque si conectamos esta tiranía del intelecto —de este escudo anestésico— con lo que hablábamos antes sobre el amor, el resultado es la tragedia del matrimonio moderno. Es un choque de trenes.
Lawrence describe que, hoy en día, las parejas no se unen desde la sangre o el instinto; se unen desde la mente. El hombre mira a la mujer y la convierte en un ángel abstracto, en un ideal creado por sus propias expectativas intelectuales, y la mujer hace exactamente lo mismo con el hombre. Básicamente, crean avatares mentales el uno del otro, se enamoran de la etiqueta, se enamoran del perfil; pero —y aquí entra la biología— inevitablemente, en el día a día, sale a la superficie la verdadera naturaleza corporal, lo que Lawrence llama con mucha crudeza: la «vieja Eva» o el «viejo Adán arcilloso». Ese ser humano hecho de arcilla, que suda, que tiene instintos oscuros, que es irracional y puramente animal. Y cuando ese ser real se manifiesta en la convivencia diaria, ambas partes se horrorizan; ven esos instintos como una traición a su ideal mental, como algo maligno, y terminan tratándose como enemigos dentro de la misma casa, simplemente porque la realidad física jamás va a encajar en la cajita mental que habían diseñado. Esto plantea una cuestión importante sobre la epidemia del sufrimiento contemporáneo.
Lawrence dictamina de forma implacable que casi todo el sufrimiento moderno es puramente psíquico; es decir, ocurre dentro del cráneo, todo está en la cabeza. Argumenta que nos hemos vuelto cobardes emocionales que simulan la vida; nos la pasamos denunciando la falsedad de otros, indignándonos por conceptos abstractos, participando en debates interminables; pero lo hacemos únicamente para sentirnos moral o intelectualmente superiores desde nuestra propia falsedad. Nos aterra tanto esa pantera negra interior, nos da tanto pánico enfrentar el caos de los instintos reales, que preferimos pudrirnos en la esterilidad de nuestra mente antes que atrevernos a vivir la aventura sucia, dolorosa y real de la sangre. Básicamente, nos está llamando cobardes enfundados en armaduras de ideas, fingiendo que la armadura es nuestra piel. Una ilusión completa.
Pero llevemos esto a una escala mayor porque, si a nivel individual y en nuestras relaciones más íntimas estamos atrapados en este simulacro intelectual, ¿qué mecanismo se activa cuando multiplicas esto por millones de personas? Es decir, ¿qué le pasa a la civilización cuando opera bajo estas ilusiones colectivas?
A gran escala, el colapso es inevitable. Lawrence explora esta mecánica en ensayos como Sobre el destino de la humanidad y Los libros. Él ve a la civilización no como una progresión lineal hacia una utopía brillante, sino como un organismo que constantemente se asfixia a sí mismo; y ahí es donde entra la que, para mí, es la metáfora más reveladora. Él describe al ser humano como un animal generador de ideas: la mente y la emoción interactúan y producen una idea nueva, una chispa inicial. Al principio esa idea es útil, es vital, pero advierte que estas ideas colectivas se endurecen con el tiempo y forman una especie de «matera», y esa matera llega a un punto donde envuelve y estrangula las propias raíces de la planta humana que se supone debía proteger y nutrir; es una representación visual de la rigidez institucional.
Pensemos en cómo funciona esto hoy en día. Conceptos que nacieron como impulsos vitales —llámese la democracia, el éxito profesional, el sacrificio personal o incluso las métricas de lo que consideramos una vida buena en nuestra era digital—. Todas esas grandes ideas dejan de ser herramientas de exploración y se calcifican: se convierten en dogmas. El ser humano, entonces, deja de explorar la selva y se convierte en un burro dando vueltas alrededor de la misma rueda de molino, moliendo el mismo polvo estéril, simplemente cumpliendo con el guión que la matera le impone. Es como el algoritmo de las redes sociales o el modelo corporativo de trabajar de ocho a seis hasta jubilarse; es decir, comenzaron como ideas para optimizar la comunicación o la producción y ahora son recintos rígidos que dictan cómo debemos comportarnos, asfixiando cualquier instinto que no encaje en la métrica. E inevitablemente, cuando las raíces humanas ya no tienen hacia dónde crecer, la presión sube y la matera de la civilización tiene que romperse, tiene que estallar.
Lawrence no estaba teorizando sobre estallidos abstractos en un salón de clases. Él tenía la evidencia empírica humeando frente a su ventana: la Primera Guerra Mundial, el gran colapso de su época, millones de hombres yendo a la carnicería. Y lo escalofriante, según su análisis, es el cómo fueron. No fueron como bestias salvajes liberando su instinto primario; fueron a pelear motivados por conceptos puramente intelectuales: el honor, la patria, el deber. Fueron a la guerra como engranajes de una idea abstracta, no como hombres reales enfrentando su propia brutalidad. Se pusieron la armadura intelectual para soportar el horror físico y el costo de esa disociación debió ser la desilusión absoluta. Al volver de las trincheras, estos hombres estaban vacíos. Según Lawrence, nunca libraron la verdadera batalla, que habría sido enfrentar cara a cara su propio miedo animal, su propia furia, la cruda realidad de la pantera negra. Usaron el intelecto como escudo contra el trauma y por eso regresaron castrados emocionalmente. Los llama de forma muy despectiva «gatos amaestrados»: hombres que, tras ver el fin del mundo, solo querían acurrucarse junto a la estufa, buscar comodidad material y fingir que sus almas no habían sido destrozadas. La matera se rompió, sí, pero en lugar de plantar sus raíces en la tierra nueva, se escondieron entre los fragmentos rotos.
Ese término de «gatos amaestrados» resuena de una manera muy perturbadora hoy en día, pero me hace plantear un dilema fundamental frente a la obra de Lawrence. Si nuestras propias ideas nos aprisionan, si la estructura civilizatoria es una matera que irremediablemente nos va a asfixiar, y si ni siquiera un colapso del nivel de una guerra mundial sirve para despertarnos a nuestra verdadera naturaleza biológica, ¿entonces hacia dónde miramos? ¿Propone él alguna alternativa que no sea, simplemente, sentarnos a esperar el fin de los tiempos?
Sí propone algo. Lawrence ofrece una vía de supervivencia, pero requiere mirar la historia desde un ángulo muy particular, muy alejado de la histeria de las masas. Si conectamos esto con el panorama general, él utiliza el colapso del Imperio romano como el ejemplo perfecto: la caída de Roma. Mientras las instituciones colosales de Roma se desmoronaban, mientras las calles ardían, la economía colapsaba y los bárbaros arrasaban con el viejo orden, la humanidad no fue rescatada por políticos intentando parchear las leyes ni por generales aferrándose a viejas tácticas militares; el sistema oficial falló por completo. El «arca de Noé» que salvó la conciencia humana operaba en la clandestinidad: monjes aislados en monasterios minúsculos y paupérrimos, lugares tan desprovistos de lujos que ni siquiera atraían el interés de los saqueadores. Mientras el mundo exterior se mataba por sostener una matera rota, estos individuos mantuvieron encendida la llama del conocimiento, copiando textos, preservando el pensamiento y alimentando el espíritu. Lawrence sostiene que las catástrofes —ya sean guerras, pandemias o colapsos financieros— no tienen el poder mágico de regenerar al ser humano; por el contrario, suelen volvernos más reaccionarios y cobardes. La única fuerza capaz de salvar al mundo en tiempos de ruina es lo que él llama el «aventurero del pensamiento»; es decir, no el soldado ni el político de turno, sino el individuo dispuesto a explorar lo desconocido.
Esa reducida minoría que rechaza convertirse en un «gato amaestrado» frente a la estufa son los que tienen el coraje monumental de no abandonar la aventura de la vida. Aceptan que la civilización actual —la vieja matera— ya no sirve y, en lugar de llorar por los pedazos, dedican su vida a proteger la semilla de la conciencia para la era que vendrá. Ellos son la verdadera arca de Noé navegando sobre el diluvio de la ignorancia colectiva.
Al unir todas las piezas de este mapa que Lawrence nos traza, el recorrido tiene una lógica implacable. El viaje comienza negándonos a buscar una paz adormecedora en el amor, nos exige que mantengamos nuestra fricción individual para no disolvernos en el otro: la sístole y la diástole. Luego nos obliga a arrancar las etiquetas esterilizadas que nuestro intelecto usa para anestesiarnos, forzándonos a mirar de frente a esa pantera oscura y vital que llevamos dentro. Y finalmente, cuando esa autenticidad choca contra las paredes rígidas de la sociedad y la matera se rompe, nos llama a asumir el rol de esos monjes rebeldes, a ser custodios lúcidos en medio del caos, negándonos a ser arrastrados por el pánico de las masas. Es un manual de resistencia frente a la atrofia del espíritu.
Analizando la vigencia asombrosa de estas ideas escritas hace casi un siglo, nos deja frente a un espejo implacable sobre nuestra propia cotidianidad. Si aceptamos la premisa de Lawrence de que el «yo conocido» —ese avatar pulido y racional que presentamos al mundo— es apenas un escudo frágil para protegernos de la intensidad abrumadora de la vida real, vale la pena cuestionar nuestro presente.
Yo les dejaría esta pregunta a quienes leen este texto hoy: ¿Qué idea fija, qué rutina o qué convicción inquebrantable estamos defendiendo hoy con uñas y dientes, convencidos de que nos define y nos da seguridad, cuando en el fondo sabemos que es la misma matera que está estrangulando nuestras raíces y prohibiendo que nuestra verdadera naturaleza florezca?
Esa es precisamente la incomodidad necesaria donde germinan los cambios reales. El gran desafío de soltar el escudo para finalmente sentir la lluvia en la piel con todos los riesgos que eso implica.
El conocimiento profundo —al igual que la vida, según Lawrence— rara vez es un paseo tranquilo; es un salto constante hacia lo desconocido. Sigan cuestionando, sigan rompiendo materas.
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